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Mostrando entradas de noviembre, 2020

TAN HUM(ANA)

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L a cocina es el lugar más habitado de la casa. Es estratégico no sólo para las horas de comer sino por su ubicación geográfica. Cerca del baño, de los cuartos, del patio y del living. La cocina es el eje. Allí pensamos qué nos gustaría comer, qué música nos gustaría escuchar y qué juegos vamos a jugar antes o después de la cena o del desayuno. Allí se cocina todo.  Entre ollas humeantes y tostadas. E s el ágora de nuestro hogar. Dónde nos preguntamos y debatimos sobre la existencia de sirenas y unicornios o la popularidad del Ratón Pérez versus el Hada de los Dientes. Nunca faltan asuntos de mayor profundidad como la pertinencia de los pedos y los eructos en sociedad o las posibilidades de tener las más variadas profesiones e identidades. Ana se ha cambiado el nombre en esta cocina unas cuatro o cinco veces. Yo fui veterinario y princesa de Disney. Ella doctora, paseadora de perros, maestra, rockera, cumbiera y diseñadora de modas. ¿Está demás aclarar que yo quiero que Ana elija l...
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  (20.000 años atrás) E lla se despega de la manada. La cría duerme junto al fuego; la cueva es tibia, el mundo es nieve. Toma el carbón y describe el contorno de un bisonte. No corrige. No necesita repetir ni mejorar la silueta de la bestia. Ha probado su sangre después de la cacería, la ha mirado a los ojos, le ha acariciado el lomo mientras yacía en la pradera. Se moja las manos y acaricia un pigmento rojo. Rememora esa última respiración, inflando y desinflando la cavidad toráxica. Pasa la palma de sus manos sobre el relieve rocoso del techo. El hogar amanece con una nueva pintura entre llantos de recién nacidxs, fuegos extintos rodeados de piedras y cueros de distintos pelajes.   (Año 1875, Cantabria)   Marcelino ha decidido regresar a la cueva después de que un empleado suyo le diera la noticia. Modesto Cubillas, andaba de caza cuando uno de sus perros se atoró en las piedras persiguiendo una presa. Al intentar librarlo, descubrió la entrada a las cuevas c...

YO NO BAILO

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  C on el paso del tiempo, se volvieron zurdos los dos. Pesadas y tímidas rocas de granito. Nunca pluma ni chispa. Como si fuera poco, adquirieron voluntad propia. Se tutean con cada baldosa boquiabierta de la vereda. Chocan d e madrugada  con la patita de madera bajo la esquina del somier. Mis pies, desde hace tiempo, no son míos. Son de alguien más que se los dejó olvidados donde terminan mis piernas. Yo no bailo, digo cuando me tironean para entrar a la pista. Yo no bailo, tengo los pies de otro, aclaro. Me explican los pasos de una danza como el Teorema de Tales. La chacarera describe un rombo sobre la tierra que se recorre avanzando y retrocediendo, dicen. Los bailarines y las bailarinas se encuentran en un vértice de la figura, mientras extienden sus brazos, ni mucho ni poco; sin aletear, acarician el aire nomás. En algún momento, giran. La bailarina debe zarandear su pollera, mientras el bailarín levanta polvareda zapateando. Unas notas alegres indican el inexorable p...