(20.000 años atrás)

Ella se despega de la manada. La cría duerme junto al fuego; la cueva es tibia, el mundo es nieve. Toma el carbón y describe el contorno de un bisonte. No corrige. No necesita repetir ni mejorar la silueta de la bestia. Ha probado su sangre después de la cacería, la ha mirado a los ojos, le ha acariciado el lomo mientras yacía en la pradera. Se moja las manos y acaricia un pigmento rojo. Rememora esa última respiración, inflando y desinflando la cavidad toráxica. Pasa la palma de sus manos sobre el relieve rocoso del techo.

El hogar amanece con una nueva pintura entre llantos de recién nacidxs, fuegos extintos rodeados de piedras y cueros de distintos pelajes.

 

(Año 1875, Cantabria)

 

Marcelino ha decidido regresar a la cueva después de que un empleado suyo le diera la noticia. Modesto Cubillas, andaba de caza cuando uno de sus perros se atoró en las piedras persiguiendo una presa. Al intentar librarlo, descubrió la entrada a las cuevas con las pinturas rupestres que cambiaron la perspectiva sobre la humanidad prehistórica, su capacidad de simbolizar y de representar. Modesto era tejero, es decir, hacía ladrillos y tejas para los demás. Su patrón era Marcelino.

María tiene 8 años. Es la hija del terrateniente para quien trabaja Modesto. Ella acompaña a su padre y sin pedir permiso se adentra en las cuevas y descubre el techo más fabuloso y bonito que haya visto. Al salir, exclama: “¡Mira, papá, bueyes!”.

Una niña y un obrero descubrieron hace siglo y medio las Cuevas de Altamira, cerquita del Mar Cantábrico. Él por azar, ella por curiosidad.

 

(2012, Universidad de Jaén)

 

La investigadora Ana Herranz alertaba, para escándalo de muchos y a contrapelo de lo que se pensaba, que “las pinturas fueron hechas por mujeres ya que ellas se quedaban a cuidar a los críos mientras los varones salían a la caza y recolección”. También se sabe desde no hace mucho que las mujeres también participaban en la cacería de animales grandes[i]. Entonces una mujer se desprende de la manada, acaricia la piedra con sus manos manchadas de rojo, como quien acaricia el lomo de un bisonte que agoniza y pinta lo mismo que ha podido cazar para su manada.

 

(2019, Buenos Aires)

Ana junta y separa colores. Se ensimisma sobre la mesa, sobre sus manos. Traza, raya, describe una curva. Meticulosamente, como quién está por descubrir la fórmula mágica de la felicidad o de la vida eterna. A su alrededor los sonidos de la casa se estiran como si provinieran de un auto a toda velocidad por la ruta. Las luces se proyectan en líneas rectas hasta sus marcadores, hasta la hoja que se empieza a declarar territorio plurinacional del color, país de la forma. Como las primeras mujeres en sus cuevas, que usaban el rojo mineral para el contenido y el tizne de la leña quemada para el contorno y el misterio, toma diez marcadores y dibuja para que en las cuevas ocultas de este siglo sigan viviendo las bestias de nuestra vigilia y las fantasías de nuestros sueños. Cuando termina, se acerca y me dice:

-Mirá, papá, un unicornio.

 

🖎Hernán Boeykens

 



[i] https://elpais.com/ciencia/2020-11-04/las-mujeres-prehistoricas-tambien-cazaban-grandes-animales.html

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