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Mostrando entradas de octubre, 2020

TRES DESEOS

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E l fin de semana nos subimos al auto y le dimos derechito hasta el río. El sol explotaba en un cielo sin nubes y el agua pegaba con fuerza contra la orilla sucia. Unos hombres remontaban barriletes que tenían forma de tigres, gallos y serpientes. Recorrimos el lugar buscando los juegos, trepando montículos de tierra bien asentada. Te despegabas de mí a la carrera, pero apenas pasaban unos segundos, me llamabas. Que descubriste un bicho raro, que esta ramita la llevamos de recuerdo, que te guardaste piedritas en los bolsillos del vestido. Alejada de todo, había una estructura de madera emplazada sobre una zona levemente pronunciada del terreno. Una especie de mirador y de laberinto a la vez donde los niños y niñas jugaban a subir y bajar, emboscándose en una cacería risueña. Subimos hasta lo más alto y miramos el río de nuevo. Pensamos dónde terminaría y qué habría después. Un cuero curtido y fino era el río. Hacía calor y el viento se entretenía con tus rulos, con los tigres, los ...

UNA PATRIA AMABLE

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  C uando los mosquitos decidieron atacarnos en masa, supimos que ya era tiempo de pegar la vuelta y dejar el parque. Pasamos por la canchita del Poli, donde una veintena de jóvenes disputaban un picado. Como dijo un botija del otro lado del río, había “tremendo solcito para jugar al fútbol”. Me pediste que frenara el cochecito porque querías quedarte a ver. Fuimos lxs únicos hinchas de esos dos equipos sin casaca, mimetizados para cualquier observador extraño. Entre la muchachada distinguí algunos ex alumnos que la “escolaseaban”, jugando en la defensa y por los laterales, haciendo los mismos firuletes que les veía en el patio de la escuela. Ahora son casi tipos salvo porque están jugando sin tiempo, sin más referís que las sombras de los árboles, sin más sponsor que el sudor pegado al cuerpo. Me miraste. Hacía un rato que estabas seria y callada siguiendo los movimientos caóticos del partido. -¿Por qué se hablan así?- preguntaste. -¿“Así”, cómo? -Mal. Se gritan. Y es cierto. Se c...

CINPRIPIO

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  Y o no quiero que pierdas tus palabras, Ana. No quiero que las cambies por las adultas, las que usamos todxs como un pijama o una tetera. Siempre para lo mismo, las mismas palabras. Convencionales. Figuritas repetidas para nombrar el mundo. No quiero, aunque es inevitable. Porque perder esos juguetes únicos es crecer. Y no puedo pedirte eso porque en realidad sí quiero que crezcas. De todas formas, me da pena que, con el tiempo, descartes las palabras que inventaste. Por eso voy a hacer un museo con ellas. Una cajita china a la que podamos regresar para ver cómo encontrabas belleza en los sonidos. Sí, ya sé. En algún momento me podrás pasar factura. Dirás, ay, papá, qué vergüenza. Como cuando unx ve esa foto en la que le enchufaron un traje de marineritx.  Abro la colección. Un salón para las palabras de juguete (ojo, digo de juguete y no de mentira, porque son muy ciertas y dicen muchas verdades) para que un día volvamos a buscarlas y nos abriguemos de risa. Cinpripio...