TRES DESEOS




El fin de semana nos subimos al auto y le dimos derechito hasta el río. El sol explotaba en un cielo sin nubes y el agua pegaba con fuerza contra la orilla sucia. Unos hombres remontaban barriletes que tenían forma de tigres, gallos y serpientes. Recorrimos el lugar buscando los juegos, trepando montículos de tierra bien asentada.

Te despegabas de mí a la carrera, pero apenas pasaban unos segundos, me llamabas. Que descubriste un bicho raro, que esta ramita la llevamos de recuerdo, que te guardaste piedritas en los bolsillos del vestido.

Alejada de todo, había una estructura de madera emplazada sobre una zona levemente pronunciada del terreno. Una especie de mirador y de laberinto a la vez donde los niños y niñas jugaban a subir y bajar, emboscándose en una cacería risueña. Subimos hasta lo más alto y miramos el río de nuevo. Pensamos dónde terminaría y qué habría después. Un cuero curtido y fino era el río. Hacía calor y el viento se entretenía con tus rulos, con los tigres, los gallos y las serpientes de papel. Me preguntabas cosas que ahora no recuerdo, entrecerrando los ojos para que la luz del mediodía no te ciegue. Así estuvimos un buen rato.

Cuando bajamos, me senté sobre la base de aquella construcción. Vos revoloteabas cerca, buscando hormigas. Fue cuando me trajiste una vaquita de San Antonio prendida en la manga de tu camiseta. Con miedo la trajiste. Creo que nunca habías visto una. Te conté que no pican y que mientras las tenemos caminando en nuestras manos estamos habilitadxs a pedir tres deseos. Te expliqué qué eran los "deseos". Hiciste un silencio de pensar. 

Aunque todavía nos faltara ver estrellas fugaces, pasar debajo de un puente sobre el que corre un tren, partir el huesito del pollo, me esmeré en que pudieras hacer buen uso de este ritual como si fuera definitivo.

Tenías entonces tres deseos en tu mano, tres deseos de seis patas que jugaban con vos. Tres deseos secretos. Porque si no son secretos no se cumplen, te expliqué. Me escuchaste y luego volviste a tu juego solitario. Dialogaste con la mariquita a la que ya no temías. Yo me quedé observándote. Qué poderosas serán las estrellas fugaces, los puentes con trenes, el huesito de pollo con forma de horqueta y los insectos, que nos conceden lo que no tenemos.

Deseé cosas para lxs dos. Cosas materiales y abstractas. Unos patines, una espada de juguete, una bici con rueditas. Cosas que vos querés. Ver la nieve, trepar montañas juntxs, un paseo en barco con helado de frutilla, muchos amores buenos, una casita, salud en todo el cuerpo, ocio a demanda. Cosas que quiero yo para lxs dos.
Estaba distraído en mis deseos también, mirando los barriletes, cuando volviste a hablarme. Preocupada, pero no triste, me mostraste: la vaquita aplastada sobre un tablón del piso era una mancha oscura e indescifrable.

-Mirá, papá, la maté.

Improvisé unas palabras sobre el cuidado de los animales. Y volviste a correr por ahí. 

De verdad, no sé si se cumplirá o no lo que deseamos. Pero aún nos quedan las estrellas fugaces, los puentes con trenes y los huesos del pollo. O quizá tendremos construir a mano nosotrxs mismxs aquello que anhelamos.

(Buenos Aires, 13-01-19)

                                                    🖎Hernán Boeykens


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