UNA PATRIA AMABLE
Cuando los mosquitos decidieron atacarnos en masa, supimos que ya era tiempo de pegar la vuelta y dejar el parque. Pasamos por la canchita del Poli, donde una veintena de jóvenes disputaban un picado. Como dijo un botija del otro lado del río, había “tremendo solcito para jugar al fútbol”.
Me pediste que frenara el cochecito porque querías quedarte a ver. Fuimos lxs únicos hinchas de esos dos equipos sin casaca, mimetizados para cualquier observador extraño. Entre la muchachada distinguí algunos ex alumnos que la “escolaseaban”, jugando en la defensa y por los laterales, haciendo los mismos firuletes que les veía en el patio de la escuela. Ahora son casi tipos salvo porque están jugando sin tiempo, sin más referís que las sombras de los árboles, sin más sponsor que el sudor pegado al cuerpo.
Me miraste. Hacía un rato que estabas seria y callada siguiendo los movimientos caóticos del partido.
-¿Por qué se hablan así?- preguntaste.
-¿“Así”, cómo?
-Mal. Se gritan.
Y es cierto. Se cagaban a pedo, literalmente. Para mí es el idioma común de cualquier potrero, o por lo menos, a los que estaba acostumbrado.
-¿Porque están jugando…?- respondí sin convencimiento.
-Pero se hablan mal…
-¿Y cómo tendría que ser?
-Amablemente. “Por favor, pasame la pelota”.
Me pediste que frenara el cochecito porque querías quedarte a ver. Fuimos lxs únicos hinchas de esos dos equipos sin casaca, mimetizados para cualquier observador extraño. Entre la muchachada distinguí algunos ex alumnos que la “escolaseaban”, jugando en la defensa y por los laterales, haciendo los mismos firuletes que les veía en el patio de la escuela. Ahora son casi tipos salvo porque están jugando sin tiempo, sin más referís que las sombras de los árboles, sin más sponsor que el sudor pegado al cuerpo.
Me miraste. Hacía un rato que estabas seria y callada siguiendo los movimientos caóticos del partido.
-¿Por qué se hablan así?- preguntaste.
-¿“Así”, cómo?
-Mal. Se gritan.
Y es cierto. Se cagaban a pedo, literalmente. Para mí es el idioma común de cualquier potrero, o por lo menos, a los que estaba acostumbrado.
-¿Porque están jugando…?- respondí sin convencimiento.
-Pero se hablan mal…
-¿Y cómo tendría que ser?
-Amablemente. “Por favor, pasame la pelota”.
Así de simple. O de complejo. El fútbol no tiene que ser una batalla a muerte. Tenemos la obligación de hacerte un mundo donde la pelota se pase con una sonrisa en la cara. Donde equivocarse y tirarla afuera sea una circunstancia más, donde recibir un gol no sea sinónimo de fracaso. Ese mundo que tenemos que hacer ahora con las cenizas de este, tendrá la ternura necesaria para que el juego y la amistad sean la medida de todas las cosas. Y un potrero sea una patria amable, donde se reparta la sonrisa en partes iguales, y las pibas, que tienen tanto que enseñarnos en este deporte, gambeteen a los pibes, hasta que los llame una voz a tomar la merienda. Porque además en ese mundo, la merienda no faltará en ninguna casa.
Seguimos viaje por el barrio que se empezaba a oscurecer con la tarde. A lo lejos, escuchamos los gritos de gol.
(Buenos Aires, 19-02-19)
🖎Hernán Boeykens

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