YO NO BAILO

 

Con el paso del tiempo, se volvieron zurdos los dos. Pesadas y tímidas rocas de granito. Nunca pluma ni chispa. Como si fuera poco, adquirieron voluntad propia. Se tutean con cada baldosa boquiabierta de la vereda. Chocan de madrugada con la patita de madera bajo la esquina del somier. Mis pies, desde hace tiempo, no son míos. Son de alguien más que se los dejó olvidados donde terminan mis piernas.

Yo no bailo, digo cuando me tironean para entrar a la pista. Yo no bailo, tengo los pies de otro, aclaro. Me explican los pasos de una danza como el Teorema de Tales. La chacarera describe un rombo sobre la tierra que se recorre avanzando y retrocediendo, dicen. Los bailarines y las bailarinas se encuentran en un vértice de la figura, mientras extienden sus brazos, ni mucho ni poco; sin aletear, acarician el aire nomás. En algún momento, giran. La bailarina debe zarandear su pollera, mientras el bailarín levanta polvareda zapateando. Unas notas alegres indican el inexorable punto de partida. A veces me animo. Es como entrar a la cancha con dos jugadores menos. Me muevo un poco. Tropiezo y es cuando el resto del cuerpo comienza a contagiarse de vergüenza y al rato pide salir.

Por eso, me dedico a observar el goce de lxs danzantes. Desde el banco, como un arquero suplente. Voy entendiendo el disfrute del cuerpo en general, del movimiento y la adrenalina a través de los ojos. Quiero decir, el baile me entra por la mirada, bien lejos de los pies. Pero también quiero decir que quienes bailan tienen un brillo indescifrable en sus pupilas.  

Ana me pide que ponga un tema de Arbolito que ella conoce para que lo bailemos. No puedo explicar por qué los distraídos pies deciden acompañarme sin chistar. Me miran como diciendo, Dale, levantate, flaco, ¿qué esperás?. Suena una cueca, aquella en la que el joven ranquel le corta la cabeza al coronel prusiano. (La historia la cuenta Osvaldo Bayer y es buena). Empezamos. Juntxs, separadxs, saltando, de las manos, en un abrazo de upa, a girar hasta matarnos de risa. Después cada uno vuelve a sus juegos y tareas. 

Por la noche, luego del baño y antes de dormir, Ana me mira muy cerca, como cuando nos dábamos cocazos.

-Yo me veo en tus ojos- dice.

Ella ríe y yo entiendo.

Quizá mis pies sigan ignorando los rombos en el suelo, quizá nos amiguemos con las pistas, quizá de a ratos pierda este ridículo miedo al ridículo. Porque no hace falta saber bailar ni tener dos pies que no se equivoquen, para bailar alcanza con verse en los ojos de alguien más.

(Buenos Aires, 31-01-19)

🖎Hernán Boeykens

 

 


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