Ayer paseamos por el río. Observamos el agua marrón y las velas blancas de los barcos. Hoy mientras los dos comemos unos fideos con manteca, Ana recuerda con los ojos.

No es fácil descifrar bien qué cosas guarda en sus pupilas, ni anticiparse a sus preguntas.

 

-¿Por qué siempre hay agua en los ríos?

 

Lo dice con el acorde claro y preciso que ejecuta cuando se trata de las cosas más importantes. Luego, decreta con un silencio perfecto e inmediato mi obligación de responder sin trucos.

 

-Dónde vivimos nosotros, los ríos por lo general no se quedan sin agua. Pero existen ríos que no tienen agua todo el año, por ejemplo, los ríos que bajan de una montaña. En invierno, cuando suele nevar mucho en los cerros…

 

-¿Qué son cerros?

 

-Montañitas. Te decía… el agua de los cerros se congela y recién cuando vuelve el verano, comienza a derretirse y  busca caminos hacia abajo. Primero son como un hilito que se encuentra con otros hilitos de agua que después se convierten en arroyos…

 

-¿Qué son arroyos?

 

-Ríos pequeños… entonces estos ríos se juntan con otros ríos iguales. Se hacen grandes, ruidosos y rápidos.

Ella se anilla los dedos con cinco mostacholes para comerlos de a uno. En paralelo, me pide que le rellene el plato y los oídos.

 

-Otra vez.

 

De nuevo le explico cómo es que hay ríos que siempre tienen agua para meter las patas, como ese que visitamos ayer. Otra vez le cuento cómo algunos ríos nacen flaquitos en las montañas, buscan caminos para seguir bajando y se encuentran más tarde con otras aguas.

 

-Al final, algunos ríos llegan juntos hasta el mar, donde descansan más sueltos de cuerpo.

 

-¿Y los que no se juntan?

 

-Los que no se juntan son tragados por la tierra, que también los necesita.

 

-Otra vez contame.

 

La ronda de explicaciones sigue su cauce. Están los ríos flacos y los ríos anchos. Los que se juntan y los que son devorados por la llanura. Los que llegan al mar y los que se cansan de correr.

Por la noche, cuando ya estamos en el ritual del sueño, apoyo mi espalda sobre un almohadón y ella me pide un cuento. Le pregunto si quiere que le cuente sobre los ríos, suponiendo, como supongo siempre chanfleado, sus apetencias literarias:

 

-No, eso no es un cuento. Mejor contame la historia de Buddy y Buzz (Lightyear).

Buenos Aires, 23-01-19



🖎Hernán Boeykens

 

 

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